Seis horas de camino habían valido la pena

La casa de su familia quedaba en un lugar paradisíaco, el paisaje se perdía de vista. Con gran entusiasmo la familia salió a recibirnos y mostrarnos nuestras habitaciones, los baños y el resto de aquella enorme casa. Más tarde comimos una suculenta cena al aire libre, en el enorme patio. «El río queda un poco más allá» dijo al señalar un caminito de tierra con orgullo. Charlamos hasta que el agotamiento nos fue llevó, uno a uno, a las respectivas camas.

A pesar de mi estado de agotamiento no me dormí de inmediato. Miré por el ventanal, las plantas… las flores… caí en éxtasis al sentir la brisa. Un extraño ruido rompió la fascinación, vi que una de sus tías encendió la luz en su habitación, pronunció su nombre en voz alta, luego la apagó y salió a oscuras. La curiosidad hizo que me disfrazara de sombra para seguirla. Así comenzó un peculiar recorrido, en el que fui con precaución por temor a que me descubrieran.  

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