Año Nuevo Chino. 4/52 RetosLiterup 2020



Saturnino se dirigió a su nuevo piso. Iba rápido, el coche repleto de utensilios y las plantas necesarias (ruda… menta…) para hacer una limpieza efectiva. Tan solo tenía unas horas para sacar las malas energías y recibir el Año Nuevo Chino con aires más frescos.

No, Saturnino Segundo Molina, no es Chino, tampoco ha estudiado ni trabajado en China, tan solo necesita atraer un cambio favorable y toda ayuda será poca. Según había leído, algunas de las tradiciones que celebran este acontecimiento le venían bien para iniciar esta nueva etapa en su vida. Por fin iba a compartir un piso con Bram, lejos de las críticas de sus padres.

Presionó el acelerador y avanzó algunas calles, luego el tráfico de la tarde volvió a retrasarlo. Cayó en crisis al darse cuenta que los semáforos a su paso estaban en rojo. Recordó que ese color representa para los Chinos la prosperidad, fortuna y la buena suerte. Sonrió, lo tomó como un buen augurio. Más calmado, cuando llegó al piso, fue invadido por la sensación de estar haciendo las cosas bien.

En la minuciosa limpieza no olvidó repetir su frase favorita «Hocus-Pocus» para que sus deseos se cumplieran pronto. Al terminar salió a tirar las bolsas de la basura lejos, muy lejos del edificio. Era necesario que las energías negativas recogidas en ellas se perdieran, no encontraran el camino de regreso y al tirar la bolsa de espaldas al contenedor, se aseguró de ello.

En un último viaje a casa de sus padres, su antigua vivienda, buscaría las últimas cajas y al impaciente Bram.

Saturnino Segundo condujo el coche a su nueva residencia, miró de reojo a su mejor amigo recordando cómo se habían conocido, pero no dijo nada. El viaje fue en silencio. Disfrutaron de la vías despejadas que da la ciudad de noche.

Luego de dejar las cajas en el salón, Saturnino sorprendió a Bram con la cena: Un aromático y abundante pescado que iluminó sus hermosos ojos verdes. Al suyo lo acompañó con pasta de arroz y dos empanadillas. Comieron en silencio. Solo algunas voces desde la calle y el televisor que permaneció encendido como un invitado sordo, pero muy conversador, hicieron ruido.

El inicio de las fiestas había comenzado con buen pie. En verdad descansaron a gusto esa primera noche en el piso que resultó tranquilo y confortable tal cual se lo habían descrito.

Al día siguiente Saturnino dejó todo dispuesto para que Bram disfrutara un buen día. Él salió al trabajo. A su regreso, continuaron con la celebración. Bram estaba encantado con esta nueva idea de Saturnino Segundo, esa de recibir el Nuevo Año Chino. Serían quince días cenando pescado, su comida favorita. Por otro lado la decoración con cintas rojas colgando de los marcos de las puertas eran divertidas, se podía jugar con ellas.

Lo único molesto para Bram eran los petardos, los fuegos artificiales. Ni el sonido, ni el olor eran de su agrado por lo que se negó a salir y participar de esa parte de la fiesta. Saturnino alegó que eran necesaria para ahuyentar a los malos espíritus y conseguir atraer las buenas energías, que debían participar los dos como en todo lo anterior, por lo que Bram sugirió que Saturnino, (o al menos así lo entendió éste) lo hiciese desde el área común del edificio. Bram lo vería desde la ventana.

Saturnino llegó todo contento al pequeño espacio verde, aireado, rodeado por los edificios del bloque, solo que no fue posible hacer su espectáculo pirotécnico para Bram ni ahuyentar a los malos espíritus. Los vecinos advirtieron que el ruido era molesto, que necesitaría permisos para hacer eso y otras cosas más relativas a la seguridad. Él trató de explicar su celebración y propósito sin éxito, solo consiguió miradas de reproche e interrogación. Se conformó con encender luces de bengalas en el piso junto a Bram, quien también lo miró de reojo.

Luego, desde la ventana, soltó al aire los globos rojos con cintas del mismo color que llevaban sus deseos escritos.

De pronto el presidente de la comunidad le tocó la puerta:

—Los globos están esparcido por todos lados —dijo al nervioso Saturnino Segundo, quien siguió de prisa al vecino hacia el área verde.

Temeroso de que alguien leyera sus deseos, recogió todo lo rápido que pudo el hule rojo atrapado en los rosales, las cintas que se habían desatado atravesando el césped… ante las miradas no tan discretas de los vecinos desde sus ventanas y la cara de censura del presidente de la comunidad, quien de vez en cuando le indicó alguna cinta que había dejado sin recoger.

De vuelta en su piso comentaron la fama de «raro» que se había ganado, pero hicieron balance y dieron por satisfactoria la celebración.

«Ahora solo cabe esperar que sea un año valiente, inteligente, saludable y prudente, que esta rata metálica nos traiga abundancia y no su parte agresiva: muerte, guerra o pestilencia. Esperemos que esas atrocidades no nos toquen a nosotros» dijo Saturnino antes de comenzar una nueva serie frente al TV.

Bram caminó por el piso luciendo sus kilos de más, ronroneando de felicidad. El no tener que lidiar con las ratas de verdad fue su sueño cumplido desde que Saturnino decidió sacarlo de la calle, ser su familia y darle un hogar.

Luego de la búsqueda de un lugar cómodo para descansar, decidió aprovechar el calor de la TV encendida y se tumbó. Recostó su cuerpo sobre la pantalla negra interponiéndose en la visión de Saturnino, a quien no pareció importarle. Estaba acostumbrado.

Imagen de Annalise Batista en Pixabay

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4 comentarios

  1. La carga de vivir con los padres y las libertades que hay que asumir al hacerse mayor quedan claras. Lo de raro también me lo adjudico para mi. Tengo a los vecinos locos con mi música. Buen relato, mejor ilustraciones. Un saludo y feliz inicio de semana.

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