Qué convierte una obra en un clásico

Felizmente, no nos debemos a una sola tradición. Podemos aspirar a todas. Jorge Luis Borges

Obras que fueron criticadas en su época como regulares, aclamadas o ignoradas y que, con el paso del tiempo se vuelven imprescindibles, referencias compartidas y entendidas por una buena parte de la población.

Con la globalización se van haciendo más amplias estas referencias, pero también más planas y uniformes. En definitiva qué hace que una obra sobreviva al tiempo como un clásico. Pregunta difícil.

Según Calvino, Por qué leer a los clásicos son aquellos libros que nunca terminan de decir lo que tienen que decir, textos que «cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad».

No creo que exista ninguna característica específica, ni ningún canon dentro o fuera de la literatura. Cualquier manifestación artística será un clásico en la medida que de respuestas a un contexto, que explique las conexiones especiales que tenemos con lo que nos rodea y principalmente que nos responda aquello que estamos buscando.

La humanidad con sus sentimientos y capacidades ha sido la misma desde siempre, igual que las rocas son minerales, sin embargo poseemos la capacidad de interpretar y conocer a través de esa interpretación. Esto va «abriendo» las percepciones que tenemos de las cosas y cambiando nuestras maneras de interactuar y relacionarlos con todo lo que vamos conociendo.

Como un velo que cae a jirones se nos descubre un paisaje que ha estado allí desde el principio, pero que solo podemos ver según se nos «desvele» La experiencia y el conocimiento quitan esos hilos de la tela que lo forma. Vamos conociendo y con ello nos conocemos a nosotros mismos y así se cambia la visión del mundo.

Por ejemplo, lo que antes fue sombra y miedo, se transforma en monstruo con cara, uñas y colmillos, se le da un nombre: Vampiro, seres peligrosos que van cambian su forma de atemorizarnos con las épocas y según sus nacionalidades. Cuando el conocimiento de esas sombras que anuncian muertes adquieren nombres de enfermedades y se van «materializando» en algo con lo que nos podemos relacionar directamente, lo llamamos folklore. Ahora lo entendemos, sin embargo las sombras se desplazan hacia otras maldades: Nos miramos en ella.

Un cineasta llamado Méliès las retrata en La Manoir du Diable (La mansión del diablo). Stoker escucha sobre personas crueles como Vlad el Empalador o Erzsébet Báthory, reconoce esas sombras en ellos. Los describe y no los presenta en un personaje de ficción, ha nacido Drácula como una sombra, un vampiro espejo de la crueldad y locura humana. Escribe. Publica una novela epistolar en 1897 que no deja de circular. Viene nuevas ediciones. La crueldad y la maldad de un ser inmortal que se alimenta de sangre, de esencia, sigue explicando lo que esas sombras representan. Lyceum Theatre, luego Broadway, más teatros, hasta una primera película rusa adaptada directamente del libro original, luego una húngara, otra y otra. Se reinterpreta sin abandonar el terreno marginal de la literatura sensacionalista. Luego llegó Lugosi, luego hollywood, Christopher Lee, Coppola… los comic y otros formatos se adueñan del personaje.

El vampiro Drácula deja de ser folklore, deja de ser de Stoker empieza a dejar de ser sombra, a cambiar con la percepción del mal. Se convierte en un ser romántico, divertido, atormentado, obsesivo, hasta un padre simpático, deja de ser solo un hombre, se convierte en legiones de hombres y mujeres, en dulce ángel de la muerte, en sobreviviente (como en Byzantium) Se reinterpreta como proyección de lo que no podemos conocer, de lo que no podemos decir abiertamente que nos asusta.

Muchos jirones han caído desde aquel vampiro del folklore eslavo o griego, aun queda mucha tela del velo. Se forman otros trozos con espesuras diferentes, que pretenden tapar los superados. El velo se desmorona no sin resistencia sin los cobardes que intentan reconstruir lo ya superado, volver a las sombras originales. A veces lo logran por poco tiempo, lo roto roto está ya ese velo no cubre igual, inevitablemente es otro a ser arrancado nuevamente.

Hay quienes afirman, como Frank Kermode, aquello de que una de las condiciones necesarias para ser considerado un clásico es lo que se conoce como “paciencia textual” (textual patience), es decir, la capacidad de una obra para lograr que cada generación la reinterprete a su propia satisfacción, pero siempre de modo diferente. Sin embargo este es un debate abierto desde el renacimiento.

El Drácula de Stoker llegó a ser un clásico, que conste que nadie está dudando de su calidad artística ni literaria, en 1983 cuando la Universidad de Oxford lo incorpora. ¿Se re-interpretó esa obra generación tras generación o es ella una interpretación más de un tema vital que nos ocupa (la maldad, la inmortalidad etc)?

Para Pedro Salinas: Los clásicos «Son los escogidos por el sufragio implícito de las generaciones y de los siglos, por tribunales que nadie nombra ni a nadie obligan, en verdad, pero cuya autoridad, por venir de tan lejos y de tan arriba, se acata gustosamente »

Tal vez simpatice más con Borges cuando afirma que «Clásico no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad» Aunque esta lealtad más que misteriosa sea una inercia impulsada por los principio de la conformidad social, la autoridad y alguno que otro de principio de persuasión del cual valerse para distribuir e influenciar la obra.

La etiqueta de clásico, e incluso me atrevo a decir sobre cualquier etiqueta que implique reconocimiento, es un complejo entramado de talento, mensaje, marketing, distribución y sobre todo relaciones con el discurso imperante, bien para identificarse, bien para enfrentarse. Después de todo hay público para cualquier tema/propuesta, el artista no se ha inventado nada que no está allí solo lo ha procesado y devuelto en forma de representación para que otros puedan reflejarse.

Lejos de los vampiros, pero siguiendo en las sombras que nos perfilan. Creo que no todas son miedos que se proyectan, algunas son un deseo de «normalidad» en lo que debía ser bonito y tranquilo, un exceso de optimismo, un grosor diferente del velo que nos separa de lo que inexorablemente está allí y que solo es bueno o malo según la luz con que lo filtremos. Me he quedado pensando en la autoridad en el medio artístico y he caído en cuenta que sin Disney tal vez El cascanueces se hubiese quedado en aquel teatro ruso en donde se estrenó y quien sabe si a Tchaikovsky no lo conoceríamos, en general y sin ser entendidos en música, de la misma manera si no se hubiese puesto su partitura en Fantasía. Pero eso es otro tema para otra reflexión.

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