Los fluorescentes. 4/52 RETOS DE ESCRITURA 2019

Anteriormente en 
Carmen M. Sosa:
Para callar sus propios pensamientos y para no despertar sospechas decidió vestirse y salir como si nada hubiera pasado. El espejo en la puerta. 3/52 (Se mira en el espejo y ve algo que no debería estar ahí. )

Tomó el autobús. Cuando sus botas de tacón alto tocaron el pavimento sus pasos sonaron fuertes y decididos. En realidad iba sin rumbo. Salir de su casa para aparentar que tenía un trabajo le hacía debatirse entre la inseguridad y la rabia, sin embargo los que la vieron pudieron pensar que era capaz de comerse el mundo.

A media mañana se encontraba cansada de vagar por las calles. Con la mente en blanco y la cabeza erguida se sentó a la sombra de un árbol. La sacó de su letargo el trayecto irregular de una hoja que comenzó a caer de forma imprevista destruyendo el lugar meticulosamente, lo que le pareció una estudiada propuesta estética.

Incrédula no pudo dejar de mirar hacia lo que antes era una calle llena de rozagantes transeúntes, coches, motos, árboles, bancos en mitad de la acera y corredores urbanos, convertido en un cruce de caminos desolado con pocas personas atravesando el confuso panorama como animales de carga dobladas por el peso de los bienes que deseaban salvar.

«La ciudad está siendo bombardeada» fue la conclusión a la que llegó al escuchar a lo lejos las detonaciones. Por instinto se arrojó al suelo y vio que
el banco en donde estuvo sentada también había cambiado, ya no era de cemento, era de metal.

Llegaba la gran catástrofe nacional, o quizás mundial. Por fin su triste realidad se sacudía y su opaca vida se iluminó con la luz de la tragedia.  Había deseado el estallido de esa tensión social que todos temían, esperaban y negaban al mismo tiempo. Ahora observaba con horror a su alrededor sin saber qué hacer en esa guerra.

Se dio cuenta que los escombros de cementos y vigas, que estaban a poca distancia de ella, escondían lo que había sido la entrada de la estación del metro. Un grupo de personas le hacían señas para que llegara hasta allí. La persecución iba a comenzar, lo presentía. Tenía que protegerse. Una ráfaga de viento le trajo la servilleta perdida. Con el amuleto otra vez en su bolsillo llegó con una tranquilidad recién adquirida a lo que consideró un refugio.

Empieza a ver con detenimiento a las personas que estaban huyendo de un destino siniestro. Al pestañear pudo distinguirlos con facilidad. Hizo varias pruebas antes de conocer su poder. Si los miraba fijamente parecían civiles asustados refugiados en la entrada de la antigua estación del metro pero, al pestañear varias veces seguidas algunos revelaban sus marcas fluorescentes bajo la ropa. En la confusión de personas los vio llegar desde adentro ¿desde el túnel? En todo caso era evidente que su intención era atrapar a los que estaban allí.

Decidió actuar. Con precaución sacó de su bolsillo la servilleta y dibujó un arma fantástica capaz de disparar rayos mortales. Maravillada observó cómo la servilleta se transformó permitiéndole atacar por sorpresa a los fluorescentes, logrando despejar la antigua entrada de infiltrados, dejando a su paso restos irreconocibles de cuerpos, sangre y piedras.

Impregnada con todos esos residuos, un sudor frío le cubrió el rostro, el cuerpo le dolía. Quizás alguna bala enemiga la había tocado aunque no lo supo con certeza, tampoco tenía tiempo para averiguarlo. No había otra opción tenían que salir de allí. En voz alta repetía: «Los túneles están tomados y pronto vendrán más»

Las personas reaccionaron ayudando a los que quedaron atrapados en los escombros o debajo de los cadáveres fluorescentes para que pudieran salir, se levantaron en brazos a niños y enceres. Carmen sintió el olor del miedo de un gato y lo tranquilizó con un beso de mirada, ese entrecerrar exagerado de los ojos que solo los gatos entienden,  enseguida su humano lo protegió dentro de una mochila que se ajustó al pecho.

En la huida por el peligroso camino al descubierto escuchó a los andantes alabar su valentía, se sintió emocionada y fuerte a pesar de su hombro herido. Supo que al igual que esa masa de personas que no paraba de crecer los enemigos se multiplicaban.

Pronto llegaron los disparos desde los drones. Muchos cayeron como si fueran muñecos desarticulados o esparciendo sus cuerpos en pequeños fragmentos. Carmen disparó y pudo derribar algunos con su poderosa arma hasta que ésta se transformó nuevamente en papel. Pasó poco tiempo presa del pánico antes de darse cuenta de que la servilleta empezó a brillar y comprendió que se estaba recargando. Segura de sí misma esbozo un escudo gigante que lanzó al aire impidiendo los ataques de los drones.  

Bajo el escudo siguieron  avanzando, recogiendo a los heridos y apartando cadáveres, hasta llegar a un  lugar que consideraron seguro a pesar de las detonaciones lejanas. Sintió que la sacudían. Reaccionó ante el dolor del hombro herido y la voz que repetía su nombre. Era Montse que al verla mirando al vacío quiso saludarla. Carmen confundida responde un poco distante a ese rostro apenas conocido. Sin embargo ella insiste de forma muy cálida.

Carmen asiente con la cabeza mientras su mirada busca ese lugar seguro que había encontrado y abre el puño para hallar su amuleto perdido, sin encontrarlos. La voz de Montse continuaba su alegre charla y Carmen buscando a los fluorescentes vio a los trabajadores perforando el asfalto no muy lejos de la entrada de la estación del metro. El hombro aún le duele.

Próximo en Carmen M. Sosa: Encuentro in-tranquilo 5/52 (Reto 27.-Haz un relato sobre un personaje con síndrome de abstinencia.)


El expulsado en Juego de historia sigue los enlaces (botones verdes) y ¡Ayúdalo a salir con vida del laberinto de Juego de historias

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