El espejo en la puerta. 3/52 RETOS DE ESCRITURA 2019

Anteriormente en
Carmen M. Sosa: Carmen no era de hablar en voz alta, ni de llamar con gritos a nadie. Eso de ser una «mujer educada» lo remataba con su timidez, por eso le dejaba la tarea de gritar a sus hermanos.
Pasos que parecían seguros. 2/52 
(Historia sin un solo adverbio -mente)

Desde su ventana se dibujaba un amanecer gris, con muchas nubes. En la casa se respiraba a rutina: el aroma del café recién hecho, el sonido de los platos del desayuno y las voces de la familia formando frases entrecortadas. El único cambio que percibió con respecto al día anterior fue el no tener a donde ir esa mañana.

No dijo nada cuando llegó la tarde anterior. Aún envuelta en las sábanas luchaba por decidir qué hacer: decirlo o no decirlo.

Le invadió la rabia al recordar el nulo entusiasmo que mostraron su familia cuando ella llegó ilusionada a contárselo, no veía por qué ahora tenía informar y someterse a las burlas de sus hermanos.

Para callar sus propios pensamientos y para no despertar sospechas decidió vestirse y salir como si nada hubiera pasado. «Nadie en la casa tiene que saber lo que ocurre» pensó.

Se vistió y salió de la habitación. Al verla los hermanos soltaron un risotada muy sonora producto de su aspecto, que calificaron como «disfraz de oficinista» y en lo que ella torció el rostro e intentó decir algo las risas aumentaron «con esa vocecita vas a atender a muchos clientes» y continuaron imitando ante la sonrisa mal disimulada del padre y la abiertamente simpatía hacia los chistes a costa de ella de la madre.

Ella ya no escuchaba. En su mente estaba la cara de su coordinadora, tan amable cuando la recibió y tan seca cuando le dijo «no cumples con el perfil que esperábamos, lo siento pero no superas el período de prueba». Se vio, la tarde del día anterior, asintiendo con la cabeza antes esas palabras. Recordó el deseo de salir rápido para encontrar su servilleta de la suerte, apresurar sus pasos, recorrer el mismo trayecto, buscarla con la mirada… todo en vano, no la encontró. Ese día había transcurrido lleno de altibajos, no podía concentrarse pensando que la había perdido. Tuvo que volver a su casa sin el trabajo que logró y perdió gracias a su servilleta de la suerte.

La voz de su madre la sacó de sus pensamientos

—¿No tienes ni un día y ya vas a llegar tarde? Anda vete ya! que eres muy lenta andando, —continuaba su madre quien no había puesto tostada para ella, ni servido café— te va a dejar el autobús y tu padre no te va poder llevar, lo sabes.  Ya tomas algo por allí, llévate un par de euros de mesilla.                                                                 

Molesta por el comentario de su madre, las palabras de sus hermanos y el silencio sonriente de su padre, se dispuso a salir. Al llegar a la puerta se vio en el espejo que estaba en la entrada y vio en su rostro un rictus que antes no había percibido. Esas marcas cerca de sus labios no deberían estar allí. La imagen que proyectaba no le gustó, pensó que era muy joven para tener una expresión tan rígida.

Se esforzó en dibujar una sonrisa y los hermanos que estaban atentos a sus movimientos soltaron una carcajada y ella despavorida salió.

Próximo en Carmen M. Sosa: Los fluorescentes 4/52 (Reto 35. Inventa una guerra y pon a tu protagonista en la vanguardia de la  batalla)


El expulsado sigue los enlaces (botones verdes) y ¡Ayúdalo a salir con vida del laberinto de Juego de historias

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